11/07/2016

Encuentro en el Círculo (Análisis de la obra de Santiago Montobbio)

Escrito por Pedro Sevylla de Juana


Pedro Sevylla de Juana e Santiago Montobbio

Santiago Montobbio nació en Barcelona en 1966. Es, por tanto, veinte años más joven que yo; así que lo veo desde esa distancia horizontal. La primera vez que tuve noticia de él, fue en Brasil, donde la prestigiosa revista literaria Letraefel, fundada y dirigida por la doctora y profesora de la UFES Renata Bomfim, publicó unos poemas suyos y una prosa poética mía. La iniciativa correspondió a una amiga común, la profesora, escritora, poeta e hispanista Ester Abreu. En la revista de la Academia Espirito-santense de Letras volvieron a encontrarse nuestros trabajos.

A principio de junio lo conocí en persona. Sucedió en Madrid; donde él presentaba sus libros. Al encuentro, propiciado por Ester, llevaba yo mi poemario suma de cuatro poemarios y una novela, desarrollada en Extremadura pero de ambiente catalán. La joven que lo acompañaba, nos hizo una foto con los libros cruzados, testimonio que debíamos a Ester Abreu por el empeño puesto en unirnos en algún lugar de Madrid o Barcelona. Lo primero que descubrí fue un hombre sencillo, un buen hombre; no, mejor aún, un hombre bueno. Un poeta que creía en sus poemas, y se esforzaba lo indecible para difundirlos. En el Círculo de Bellas Artes charlamos amistosamente sobre la escritura, durante el tiempo que el próximo acto poético le permitía; y salimos a la calle de Alcalá conociéndonos de toda la vida.

Por correo recibí, días después, tres gruesos volúmenes que completaban la tetralogía de su regreso poético. “Brasil, sístoles y diástoles”, libro bilingüe en portugués y castellano de poemas y relatos, recién dado a la estampa, fue mi regalo enviado. Nos habíamos intercambiado lo fundamental de nuestras respectivas obras.

En la nota a la edición de los nuevos poemas, escritos veinte años después de publicar con éxito el primer poemario, muestra Santiago su sencillez personal, el decir sincero. Cuenta la manera en que empezaron a fluir los poemas, crecientes en número, en los primeros momentos de la resurrección creadora: hasta medio centenar en un solo día. Se debe destacar que los libros han sido publicados, tras alguna lectura, tal como fueron escritos, sin necesidad de enmienda. También, que fueron publicados en el orden en que nacieron; de modo que al leerlos paseamos con Santiago por Vía Augusta o la Diagonal, nos paramos ante un banco de la calle, nos apoyamos o vemos apoyarse a Santiago en un árbol, o en el libro que lee en la sala de espera del médico. Le vemos concentrarse y escribir como si escribiera al dictado, como si sacara monedas de una hucha vuelta del revés, receptáculo que había ido llenando en esos muchos años de silencio poético.

Al esperar de los lectores nuestra opinión sobre su poesía, consciente Santiago de que no es él la persona indicada para interpretarse, por formar parte del poema y no querer ser juez y parte; al pedirnos la opinión nos está pidiendo noticia del efecto causado, la consecuencia de su poesía en nosotros. Y no es por egoísmo sino como información para saberse, para conocerse, para estar seguro de si lo que hace está bien o debe mejorar. En el fondo, lo entiendo así en esos primeros poemas, busca su transcendencia en el decir, no solo en lo dicho. Es el poema un síntoma, una señal, un indicio; además de un fluido que escapa. Es hálito vital y respiro a un tiempo, es soplo y resuello para Santiago el poema, cuando el autor se confiesa en esos papeles sencillos que reciben los versos en cualquier instante, día o noche. Es lava sulfurosa a veces el poema, a veces es sueño o despertar inocente.

Y si sucediera que Montobbio solo ha escrito un poema de cuatro volúmenes gruesos…
Pero no, no es eso: el poeta es el niño que se desliza por el tobogán, triste porque el descenso acaba; y es el tobogán que siente no poder alargar su inclinación. El dolor, como el poema, es presagio, es reflejo, es prueba que evidencia una existencia incierta o insegura. El dolor está en el no estar, en el no llegar, en el no alcanzar; y en última instancia en el temor a no ser. Llenar los días con los días produce sosiego pero, también, desasosiego; porque, ¿cuántos días quedan para llenar los días restantes? El poema es flecha que lleva el dolor lejos, arrancándolo del corazón, que es arco. Oh, la metáfora de la vida en Santiago…, que bella metáfora, llena, a su vez, de vida. Tomando formas diversas, bailando en la calistenia de las mariposas, la metáfora de la vida se produce, se reproduce y se alimenta de ese yo poético, que salta y se yergue inseguro en el brusco despertar de los sueños inconclusos. El dolor para Montobbio es antídoto, revulsivo que defiende del roce continuo del tiempo, y del temor a que el tiempo deje de fluir suavemente, infiel a su compromiso de eternidad.

Los cuatro tomos de la colección El Bardo de Poesía, numerados 30,36 39 y 40, escritos por Santiago Montobbio, se diferencian, más que por el grosor, por el color de la cubierta. Son colores planos, serios, resistentes. Las letras de título, autor y editorial, todas ellas mayúsculas, forman bloque en rectángulo vertical. En blanco el título central. Aparentan solidez, pero, también, hermetismo. Es como si se ocultara el contenido hasta la lectura. Es como si la lectura de esos poemas fuera un acto subrepticio. Y es posible que lo sea en el concreto caso de los versos de Santiago: intimidad violada la lectura: esa es, con frecuencia, la impresión que tengo al leerlos.

Retrato en gris: blanco y negro, mezclados. Búsqueda de la aguja en el pajar, sabiendo que la aguja, una vez encontrada, resulta ser de oro, y entrecruza hilos de oro sujetando las letras en las palabras, las palabras a los versos, los versos a las estrofas y las estrofas a los poemas, versos primero y último, resquicio y cerrojo. Gris dominante de la amanecida; sus versos son rayos de sol dispersos sobre la colcha nocturna. En el fondo de la cueva, hay una fiera herida por colmillos desconocidos. Osadía de la timidez que se sabe capaz de morder la propia soledad hasta convertirla en el otro. El otro es uno múltiple en los versos de Montobbio. Y si el otro fuera un lugar esquivo…, pero no: silente, respira para hacer notar su presencia indefinida. No obstante, ese lugar esquivo existe, se agita buscando el espacio preciso para anidar, cual ave que sabe llegado el momento de incubar la postura. Ida y vuelta en una misma trayectoria: cansancio y deseo de seguir hacia una nada que se confunde con el todo, dos lados, acaso, de una misma moneda reiteradamente acuñada.

La biografía de Montobbio, parece estar escrita en hexámetros deconstruidos intencionadamente: posterior sencillez de lo cotidiano,  simplicidad del complejo día a día, vista desde el hoy tolerante con lo antiguo. Nos presenta Santiago a la madre, al padre, a la hermana; nos dice sus diálogos, nos dibuja sus espacios; y todo ello casi sin palabras. Un amor también deja vislumbrar en el otro. Una amiga, y algunas personas más, que parecen personajes de Las señoritas de Avignon, pintadas por Picasso. Quizá Carmelita, quizá no. Una amiga de la hermana que pone al poeta con los pies en el suelo. La simplicidad del relato que Santiago Montobbio hace de su vida, me trae a la memoria los poemas de mi amigo, enorme poeta boliviano, Gabriel Chávez Casazola, algunos de cuyos poemas llevé al portugués. Herida y silencio, palabra y humildad, espada que nunca fue desenvainada. El arte como contrapunto, como tabla de salvación en el naufragio. El sueño y el ensueño quitándose y poniéndose las letras comunes o las diferencias sutiles. Insomnio quizá, en una casa enorme y en una niñez viva, equilibrada; que se fue diluyendo en la juventud de los amores, para convertirse en nostalgia intangible tiempo después, mucho tiempo después. Lluvia interior y tierra fértil donde arraigan, crecen, florecen y fructifican los poemas.

Cuando los poemas se encarnan y toman cuerpo, se puede hablar de la forma. Porcelana de Sèvres, ánforas griegas recuperadas de un naufragio, cúmulos y nimbos antropomórficos. La naturalidad los convierte a mi vista en aquellos utensilios de cocina, arcilla cocida en horno de leña, que el alfarero exponía para la venta en el Callejón de Castaño de Valdepero. Un ritmo suave de cantiga, un decir pausado de quien habla de lo suyo con amor ya sedimentado. Versos cortados, no con la tijera inaugural, sino con el rasgado lento de la madre que coloca un apósito sobre la herida recién abierta del hijo. El tamaño del poema no es cosa del albur, si no de la intensidad. La intensidad hace de los poemas breves, poemas penetrantes. Y es cosa de la premura, convirtiéndolos en poemas urgentes. Bajo la apariencia de primer verso, los títulos de los poemas son declaración de intenciones, promesas; también asomos, vislumbres, ayudas, resumen del contenido. Los últimos son ciertamente concluyentes, punto final y firma. Y en el centro hay cangilones de noria, que van trasegando el agua surgida en el manantial hasta las acequias de riego.

El alpinista triunfante respondió, cuando le preguntaron la razón de escalar ese pico tan alto: “Subí, porque me parecía inaccesible”. Esa es una de las razones, que me impulsaron a indagar en los versos cuantiosos de Santiago Montobbio.

PSdeJ El Escorial a 8 de Julio de 2016

TODOS ESTOS VERSOS RÁPIDOS
y que casi no dicen nada,
escritos sin pensar y en
un momento, en una pequeña
libreta, en la playa.
Suelto el verso y traza
libre y espontáneo su camino.
Quizá produzca algún
encuentro, o de pronto sienta
un hallazgo entre los dedos.
Un hallazgo, una luz,
una nube, un sueño.
Algo que al encontrarlo
sé que espero. Que preciso,
y para vivir lo quiero.
Quizá así suceda, y por esto
suelto el verso en su camino
y lo ando rápido, deprisa
los escribo y los anudo,
por si me dicen al final
de este camino, me dicen
a mí mismo o me traen
algo, ese sueño o ese
hallazgo que para
vivir preciso. Yo escribo
y bordeo siempre
un abismo. Tintinea
una última música
en su precipicio. Y escribo,
digo, maldigo. Anuncio
todo, nada, el vivir entero
o a mí mismo. El arte
es tanteo, tintineo, temblor
sentido en ese abismo. Y el viento
que lo siente y lo transporta,
lo lleva al final
de las sombras.
Y te nombra. Rápido
acabo y me despido, como
en la playa escribo. Cualquier
final es también
un precipicio, y cualquier
principio. El poema
se desvive en sus motivos.
Y yo me consumo
como un lirio, en el agua
ya seca de la espera, en el espejo
fatigadísimo del cielo, nube
o sueño allí encontrados, horizonte
que en el verso
sin buscar trazo.
Y eres tú, y soy yo, y el poema
entero es un hallazgo, y en él
me hallo, como el término
indicaba. Me hallo,
y también me acabo. Adiós
dice este verso
final, y su cansancio.

Poema de Santiago Montobbio (De “Sobre el cielo imposible” 2016)

Santiago Montobbio es Licenciado en Derecho y en Filología Hispánica por la Universidad de Barcelona, Profesor de Teoría de la Literatura y Crítica literaria de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED y Académico correspondiente de la Academia Espirito-santense de Letras
Bibliografía
Hospital de Inocentes, Madrid, Devenir, 1989; Ética confirmada, Madrid, Devenir, 1990;«Cartas sin dirección», Suplemento «Artes y Letras», El Norte de Castilla, Valladolid, 1993-1995; Tierras, collection «le tourbillon suspendu», Éditions AIOU, Saint-Etienne-Vallée-Française, France, 1996
La poesía es un fondo de agua marina, El Bardo Colección de Poesía, 2011
Los soles por la noche esparcidos, El Bardo Colección de poesía, 2013
Hasta el final camina el canto, El Bardo Colección de poesía, 2015
Sobre el cielo imposible, El Bardo Colección de poesía, 2016

Pedro Sevylla de Juana es publicitario, conferenciante, traductor, articulista, poeta, ensayista, crítico y narrador. Ha publicado veinticuatro libros, y colabora con diversas revistas de Europa y América, tanto en lengua española como portuguesa.

Publicó en mayo de 2016, el libro “BRASIL, Sístoles y diástoles” de poemas y relatos, edición bilingüe en portugués y castellano de Editorial Verbum.

07/07/2016

Bífida (Poema de Renata Bomfim

A minha língua 

Aponta direções opostas.
Sangra querendo
Explicar o mundo
Ser o dizer do mudo,
          do bicho,
          da planta,
A minha língua quer tudo!
Ânsia?
Ao reencontrar na poesia
O elo perdido
Quer religar com firmeza
Tudo o que se rompeu
Até mesmo eu sou tramada.
Quanta utopia,
Que loucura santa:
Desembaraçar os fios do passado
Lançando sobre o futuro uma rede
De esperança e,
Sobre o presente, luzes.

Eu sou toda língua e olhos.

Queria tanto ter olhos inaugurais,
Ser a mulher que canta e dança,
Esquecer que Orfeu desceu aos infernos;
Que Circe ficou só, sem o seu Ulisses;
Que Dante nunca tocará Beatriz;
Que vamos todos morrer!

Ah! se não houvesse injustiça...
Eu poderia ser feliz como o animal que
Extrai da vida o melhor.
Vamos escutar, no silêncio, a melodia essencial?
Cada espaço estaria prenhe de possibilidades.

Ah! se eu pudesse exorcizar a saudade
Legitimar a alegria...
Conquistar contentamento nas coisas simples
Mas não posso quase nada!
Apenas construir castelos com palavras,
fazer torres, bosques, dragões, estradas...
Fantasiar, brincar com os contos de fadas.

Se as palavras são a minha única posse,
Farei com elas o que ninguém mais pode:
Milagres.
Prometo: farei de tudo para que a morte
Não nos assombre!

Não busque a felicidade.
Sejamos alegres neste instante,
Antes que as luzes se apaguem,
Antes que o dia amanheça, e o som
Dos nossos sonhos se calem.
Sejamos felizes (por acidente) agora!
Ostras gerando pérolas espetaculares
Experimentando as delícias da dor,
Gozando, fóbicos, de medo.
Não seria isso
AMOR

 

Bífida
(Tradução de Pedro Sevylla de Juana)
Mi lengua
Señala direcciones opuestas.
Se desangra deseando 
Explicar el mundo
Ser la voz de quien no la tiene,
          del animal,
          de la planta,
Mi lengua pretende todo! 
¿Ansiedad?
Al reencontrar en la poesía 
El eslabón perdido
Quiere reunir para siempre 
Todo lo que se fragmentó
Incluso yo estoy entrelazada.
Qué riqueza de utopía,
Qué locura más santa:
Desenredar los hilos del pasado
Lanzando sobre el futuro una red 
De esperanza y,
Sobre el presente, luz.

 Toda yo soy lengua y ojos.

 Deseaba tanto tener una mirada inaugural,
Ser la mujer que canta y baila,
Olvidar que Orfeo descendió a los infiernos;
Que Circe quedó desolada, sin su Ulises;
Que Dante nunca poseerá a Beatriz;
Que vamos a morir todos sin remedio!

 Ah! si no hubiera injusticia...
Yo podría ser feliz como el animal que
Extrae de la vida lo mejor.
Vamos a escuchar, en el silencio, la melodía esencial?
Cada interrupción estaría cuajada de posibilidades.

 Ah! si yo pudiera conjurar la salud
Legitimar la alegría...
Hallar satisfacción en las cosas simples
Pero todo mi poder no alcanza!
Únicamente levantar castillos con palabras,
materializar torres, bosques, dragones, carreteras...
Fantasear, pasarlo bien con los cuentos de hadas.

Si las palabras son mi única fortuna,
Haré con ellas lo que nadie puede hacer:
Milagros.
Lo prometo: me esforzaré lo imposible para que la muerte
No nos sorprenda!

 No busque la felicidad.
Alegrémonos ahora mismo,
Antes de que las luces se apaguen,
Antes de que el día amanezca, y los sonidos
De nuestros sueños callen.
Seamos felices (por casualidad) ahora!
Ostras originando perlas fastuosas
Experimentando las delicias del dolor, 
Gozando, fóbicos, del miedo.
No podría llamarse a eso
AMOR?

04/07/2016

UM SOPRO “NO MOINHO”: ANÁLISE DO CONTO DE EÇA DE QUEIRÓS (RENATA ROCHA VIEIRA DE MELLO)



O naturalismo é a forma científica que toma a arte, como a república é a forma política que toma a democracia, como o positivismo é a forma experimental que toma a filosofia. (Eça de Queirós)


O Realismo foi um movimento de ideias que marcou a segunda metade do século XIX, tendo início em Portugal a partir da “Questão Coimbrã”, em 1865. Na Europa em geral, o cenário era de desenvolvimento científico e tecnológico, com máquinas a vapor, a crescente industrialização e, junto com ela, o surgimento do proletariado. Na literatura, o idealismo dava lugar ao cientificismo realista, que combatia ferozmente os ideais românticos (e burgueses) que imperavam até então. Eça de Queirós (1845-1900) explicou didaticamente o choque de movimentos em seu artigo intitulado “Idealismo e Realismo” (1879). Supondo que o leitor daquele artigo escolhesse dois romancistas – um idealista e outro realista – para retratarem uma menina vizinha chamada Virgília, Eça expõe como sucederiam as práticas de cada artista:

O idealista não quer ver nem ouvir; não quer saber mais detalhes. Toma imediatamente a sua boa pena de Toledo, recorda durante um momento os teus autores e, num relance, cria-te a menina Virgínia deste modo: na figura, a graça de Margarida; no coração, a paixão grandiosa de Julieta; nos movimentos, a languidez de qualquer odalisca (a escolha); na mente, a prudência de Salomão, e, nos lágios, a eloquência de Santo Agostinho... [...] É agora o escritor naturalista que vai pintar. Este homem começa por fazer uma coisa extraordinária: Vai vê-la!... (Obras, s.d., III vol., p. 913-916)

E buscando contemplar temas e situações espelhadas na vida concreta de seus contemporâneos por meio, sobretudo, do cientificismo, e oferecendo-lhes lições de vida – ao invés de repetir “padrões ultrapassados” –, Eça de Queirós publica, em 1892, o conto “No moinho”. A partir do contexto da obra e da característica do gênero, analisar-se-á esse conto, contido na coletânea póstuma Contos (1902), não sem antes haver um apanhado geral de informações sobre o aclamado autor. “No Moinho” é um texto que pertence ao gênero literário “conto”. Segundo Massaud Moisés o conto é um gênero que não tem sua origem definida, mas, o termo indica “enumerar”, “contar”, sendo compreendido na Idade Média como possuidor do sentido de “enumerar acontecimentos”. O conto ganhou prestígio literário, sobretudo a partir de Edgar Allan Poe (1809-1849) e, em Portugal, o gênero se firmou enquanto forma literária no Realismo, período em que distanciou-se do tom oral característico do “caso” folclórico ou da história para fins moralizantes tradicionalmente medievais. Em linhas gerais, algumas características desse gênero textual podem ser apontadas, lembrando que tais aspectos podem ser modificados dependendo da obra. Tratam-se de narrativas lineares e curtas em extensão e em tempo, em que os acontecimentos todos “marcham” para um só desfecho; a linguagem é mais “direta”, sem muitos “rebuscamentos”; os personagens são poucos, e todos se envolvem em e estão ligados a um evento principal, que ocorre, por sua vez, em espaços limitados e cujo conflito é um só.
José Maria Eça de Queirós nasceu em Póvoa de Varzim, Portugal, em 25 de novembro de 1845. Formou-se em Direito em 1866, mas dedicou-se à carreira de jornalismo. Além disso, foi diplomata, exercendo a carreira de cônsul em Havana, New Castle, Bristol e Paris, onde faleceu em 1900. Ainda estudante, acompanhou a "Questão Coimbrã" (1865-1866), embate entre os adeptos ao movimento Realista, recém-formado em Portugal, e os românticos reacionários. As inquietações sociais da época surgiram por parte de uma nova classe, a do proletariado – formado a partir da industrialização –, como uma reação à exploração sócio-econômica, e fizeram com que a literatura romântica, muito aclamada pela burguesia, ficasse esgotada se tornasse inapropriada para os novos valores. Dessa forma, a denúncia e o combate social, o retrato de mazelas da sociedade – sobretudo por meio do cientificismo –, a recusa de idealizações da realidade, o anticlericalismo, a postura antiburguesa e antimonarquista foram pontos duramente defendidos pelos realistas na Questão Coimbrã, em um ataque frontal aos românticos. Foi esse cenário turbulento que influenciou boa parcela da produção de Eça de Queirós que, enquanto colaborador de jornais e revistas da época, escreveria futuramente seus famosos contos, dentre eles “No Moinho”.

OS CONTOS (1902)
Coletânea composta por 13 narrativas, “Contos” foi uma obra póstuma, publicada em 1902, que reuniu contos do autor publicados anteriormente em jornais – como O Atlântico e Gazeta de Notícias – e em revistas – como a Revista Moderna. As narrativas da coletânea põem em evidência aspectos do pensamento realista e naturalista, mas também aspectos divergentes a esse movimento. Por essa razão, Elenir Aguilera de Barros, em “Conto Realista” divide-as em dois grupos:

os interessados pela temática do século XIX (“Singularidades de uma rapariga loura”, “No moinho”, “Um poeta lírico”, “Civilização”, “José Matias”) e os que aproveitam temas do passado, extraídos da tradição medieval e cristã (“O tesouro”, “Frei Genebro”, “A aia”, “O defunto”, “O suave milagre”, “Outro amável milagre”) ou clássico (“A perfeição”) ou, ainda mais distantes, dos primórdios dos tempos (“Adão e Eva no Paraíso”) (BARROS, 1986, p. 22).

Barros (1986) faz algumas considerações acerca da variação do teor realista nas obras. Em “Singularidades de uma rapariga loura” e “No moinho”, a tendência realista da época é bastante aflorada. Denunciam-se os vícios da burguesia, condena-se a prática de idealização da realidade em detrimento de uma postura racional e ponderada, assumindo o escritor uma postura moralista e crítica sobre o modo romântico de pensar, modo esse que, segundo os autores, seria altamente degenerativo para a sociedade. Já “Um poeta lírico”, “Civilização” e “José Matias” apontam para temáticas mais diversas e uma postura mais filosófica do autor sobre questões da vida, como a busca de uma essência humana, a atenuação de imperfeições, passando, inclusive, pela aurea mediocritas em “Civilização”. A partir disso, o místico toma conta: entram “O suave milagre” e “Outro suave milagre”, e a realidade se mistura à fantasia.Nos contos, os aspectos realista e filosófico não se excluem. O que ocorre é um continuum de tendências, ora realistas, ora fantasiosas, mas sempre mescladas entre si.
Publicado pela primeira vez em 15 de junho de 1892 no jornal O Atlântico e, postumamente, na coletânea Contos (1902), “No Moinho” consta como uma das grandes manifestações do realismo em contos. Nele, Eça de Queirós põe em prática várias das tendências desse movimento literário. A obra conta parte da vida de D. Maria da Piedade, uma dona de casa vista por sua vila como “uma senhora-modelo” que por muito tempo se dedicou à sua doente família como uma santa. O marido, João Coutinho, um homem bastante doente, vivia constantemente rabugento, sombrio, e passava seus dias enclausurado em casa. Os filhos, ao invés de sãos e robustos, eram também doentes, e todos demandavam de Maria da Piedade cuidados constantes.
Maria da Piedade lidava com toda essa situação de forma bastante resignada. Mesmo havendo momentos tristes e de fadiga, bastava alguém chamá-la novamente para que ela disfarçasse as lágrimas e fosse, com um sorriso e expressão serenos, ter com os familiares enfermos. Até que Adrião, um romancista célebre e primo de João Coutinho, “amado das fidalgas, impetuoso e brilhante”, viajou de Lisboa à vila para vender uma fazenda próxima dali. Adrião alterou, assim, a rotina da casa – e, sobretudo de Maria da Piedade. Os dois começaram a passar bastante tempo juntos até que Adrião, após a venda da fazenda, fez uma visita ao moinho acompanhado de Maria, e lá exclamou idealizações sobre uma mudança sua para o campo e sobre como seria uma nova vida na vila. Em seu ápice de confabulações, Adrião beijou a mulher. Após um sentimento de culpa – e, no fundo, uma alegria por sua “generosidade” –, Adrião decidiu não mais mexer com aquela situação e partiu de volta para a cidade. Mas, após aquele ponto, Maria da Piedade começou a ter em si uma onda de transformações que a fizeram deixar de ser uma “fada” para ser contaminada por idealizações, romanticismos, paixões. Passou a ter desejos amorosos e, depois, sexuais, carnais, tornando-se adúltera ao se envolver com o praticante da botica. No conto, a intenção moralizante realista é evidente ao expor o destino cruel daqueles que se deixam levar pela visão romântica de mundo, pela idealização exacerbada.
A narrativa é feita em terceira pessoa, sendo o narrador onisciente, que entra no e descreve o psicológico dos personagens. Além disso, descreve psicologicamente a vila quando trata da visão dos habitantes em relação a Maria da Piedade. Isso ocorre sobretudo no início e no final, momentos em que há a descrição de Maria da Piedade do ponto de vista externo, como se a perspectiva narrativa fosse dos habitantes da região. No início, sobre Maria da Piedade, o narrador afirma que “a vila tinha quase orgulho na sua beleza delicada e tocante; era uma loura, de perfil fino, a pele ebúrnea, e os olhos escuros de um tom de violeta, a que as pestanas longas escureciam mais o brilho sombrio e doce.” (QUEIRÓS, 2013, p. 55). Além disso, o narrador “entra” no psicológico de Maria da Piedade e o de Adrião. O discurso do narrador é intercalado pelo pensamento desses personagens. Como exemplo desse fenômeno, teríamos:

Maria da Piedade olhava-o assombrada: aquele herói, aquele fascinador por quem choravam mulheres, aquele poeta que os jornais glorificavam, era um sujeito extremamente simples — muito menos complicado, menos espetaculoso que o filho do recebedor! Nem formoso era: e com o seu chapéu desabado sobre uma face cheia e barbuda, a quinzena de flanela caindo à larga num corpo robusto e pequeno, os seus sapatos enormes, parecia-lhe a ela um dos caçadores de aldeia que às vezes encontrava, quando de mês a mês ia visitar as fazendas do outro lado do rio. (QUEIRÓS, 2013, p. 60).

No trecho, percepções e pensamentos da própria personagem em relação a Adrião se misturam com o discurso do narrador. Esse efeito é intensificado com a sucessividade da marcação dos dois pontos (“:”), que parecem indicar um fluxo de pensamentos e/ou um pensamento de dentro de outro pensamento da personagem. A narrativa ocorre em uma região campestre, com fazendas ao redor, mais especificamente em uma vila de aspectos interioranos e provincianos. A visão dos habitantes acerca da personagem principal é a todo tempo descrita de forma que remete ao costume próprio de locais do interior, em que grande parte da comunidade se conhece. A casa de Maria da Piedade, local bastante descrito, é caracterizada como portadora de um “ar de hospital”, sempre ligada à tristeza, à morte:

A casa, interiormente, parecia lúgubre. Andava-se em pontas dos pés, porque o senhor, na excitação nervosa que lhe davam as insónias, irritava-se com o menor rumor; havia sobre as cómodas alguma garrafada da botica, alguma malga com papas de linhaça; as mesmas flores com que ela, no seu arranjo e no seu gosto de frescura, ornava as mesas, depressa murchavam naquele ar abafado de febre, nunca renovado por causa das correntes de ar; e era uma tristeza ver sempre algum dos pequenos ou de emplastro sobre a orelha, ou a um canto do canapé, embrulhado em cobertores com uma amarelidão de hospital. (QUEIRÓS, 2013, p. 55-56).

O ponto-chave (e título) da história é o moinho contido na vila, já que é o local onde ocorre o beijo de Adrião em Maria da Piedade e, portanto, o ponto de partida para suas transformações. Cheio de vida e contrastando fortemente com a casa de Maria da Piedade, o local:

Era um recanto de natureza, digno de Corot, [...], com a frescura da verdura, a sombra recolhida das grandes árvores, e toda a sorte de murmúrios de água corrente, fugindo, reluzindo entre os musgos e as pedras, levando e espalhando no ar o frio da folhagem, da relva, por onde corriam cantando. O moinho era de um alto pitoresco, com a sua velha edificação de pedra secular, a sua roda enorme, quase podre, coberta de ervas, imóvel sobre a gelada limpidez da água escura. (QUEIRÓS, 2013, p. 64).

O termo “moinho” é definido, segundo o Dicionário Michaelis de Língua Portuguesa, como “engenho ou máquina de moer grãos, ou de triturar determinadas substâncias” (2016). O nome do conto nos remete, então, a esse engenho que, a partir da força do ar ou da água, por exemplo, produz energia para fragmentar, triturar materiais. Foi o que aconteceu com Maria da Piedade, um anjo em que, a partir do “sopro para o fazer remontar ao céu natural, aos cimos puros da sentimentalidade…” (QUEIRÓS, 2013, p. 64), sopro esse  fornecido pela força e da virilidade de Adrião, produziu-se uma energia incontrolável que triturou e destruiu o que havia anteriormente - a resignação, a paciência, a aceitação da enfermeira perante a sua realidade.
Em relação ao tempo, a narrativa, em grande parte, é feita no pretérito imperfeito do modo indicativo, sobretudo nas descrições sobre como era a vida de Maria da Piedade antes da e durante a visita de Adrião – como em “D. Maria da Piedade era considerada em toda a vila como uma ‘senhora-modelo’.” (QUEIRÓS, 2013, p. 55) -, e o presente do indicativo aparece no final, quando há a descrição da “atual” situação da personagem principal:

E agora deixa a casa numa desordem, os filhos sujos e ramelosos, em farrapos, sem comer até altas horas, o marido a gemer abandonado na sua alcova, toda a trapagem dos emplastros por cima das cadeiras, tudo num desamparo torpe — para andar atrás do homem, um maganão odioso e sebento, de cara balofa e gordalhufa, luneta preta com grossa fita passada atrás da orelha e bonezinho de seda posto à catita. Vem de noite às entrevistas de chinelo de ourelo, cheira a suor; e pede-lhe dinheiro emprestado para sustentar uma Joana, criatura obesa, a quem chamam na vila «a Bola de Unto». (QUEIRÓS, 2013, p. 71).

Dessa forma, no conto, há uma narrativa de algo no passado para descrever o que motivou e como se deu o destino da Maria da Piedade, atualmente desleixada para com a casa e seus familiares. Conforme aponta Amina Di Munno:“Eça retrata, uma vez mais, um tipo de mulher: ‘era uma loura, de perfil fino, a pele ebúrnea e os olhos escuros de um tom violeta, a que as pestanas longas escureciam mais o brilho sombrio e doce” (MUNNO apud QUEIRÓS, 2015, p. 55). Trata-se de Maria da Piedade, personagem principal do conto, de características comuns a outras personagens de Eça. Muito dedicada à condição de enfermeira do marido paralítico e dos filhos, a personagem fazia jus a seu nome.
Mesmo que algumas senhoras vila afirmassem que Maria da Piedade era beata, a função de enfermeira a dispensava das obrigações religiosas e as superava, já que "A sua casa ocupava-a muito para se deixar invadir pelas preocupações do Céu; naquele dever de boa mãe, cumprido com amor, encontrava uma satisfação suficiente à sua sensibilidade; não necessitava adorar santos ou enternecer-se com Jesus. (QUEIRÓS, 2013, p. 55). A “fraca vítima das circunstâncias” – trecho bastante naturalista por retratar a influência do meio no indivíduo – passou, conforme exposto, por sucessivas transformações. E estas vão sendo descritas por meio da habilidade ímpar do autor. Podem-se destacar, no percurso da personagem na narrativa, três estágios máximos de transformação. Primeiro, ela era fada, resignada aos serviços fornecidos a João Coutinho e aos filhos. Conforme citado, Maria da Piedade era mais que beata: era enfermeira em tempo integral. O beijo de Adrião fez surgir na personagem um sentimento até então desconhecido por ela, e que se intensifica quando o homem parte da vila. Houve, então, um choque de sentimentos e o amor por Adrião aflorou e dominou todos os outros. A personagem passou então a ter desejos “de mulher”, sexuais, começou a ler todas as obras de Adrião (que, segundo ela, deveria ser seu marido), sobretudo a intitulada “Madalena”. Esse o meio de “aliviar” seus sentimentos. E “os seus deveres, agora que não punha neles toda a sua alma, eram-lhe pesados como fardos injustos” (QUEIRÓS, 2013, p. 68). A leitura tornou-se cada vez mais ávida e generalizada, de romances românticos de heróis e heroínas; ela “acreditava nos amantes que escalam os balcões, entre o canto dos rouxinóis: e queria ser amada assim, possuída num mistério de noite romântica…” (QUEIRÓS, 2013, p. 69). Em uma reação em cadeia, a idealização de Maria da Piedade em relação a Adriano se intensificou, e “o seu amor desprendeu-se pouco a pouco da imagem de Adrião e alargou-se, estendeu-se a um ser vago que era feito de tudo o que a encantara nos heróis de novela; era um ente — meio príncipe e meio facínora, que tinha, sobretudo, a força.” (QUEIRÓS, 2013, p. 70).
A idealização da realidade fez Maria da Piedade entrar, então, no terceiro estágio, em que “a santa tornava-se Vênus”, com excitações mórbidas, desejo erótico não mais de mulher, mas de animal, de fêmea. E o escândalo da vila foi proporcional: Maria da Piedade deixa de cuidar da casa e se torna adúltera, satisfazendo-se com o praticante da botica, que invariavelmente vai à sua casa suado e pedindo dinheiro para “sustentar uma Joana, criatura obesa, a quem chamam na vila de ‘a Bola de Unto’” (QUEIRÓS, 2013, p. 68). Esse foi o cruel fim de Maria da Pieadade. O autor realista, então, parece nos fazer, em uma possível “moral da história”, um alerta sobre o destino dos idealizadores e “românticos incorrigíveis”: a infalível degeneração.


REFERÊNCIAS
BARROS, Elenir Aguilera de. Conto realista português. São Paulo: Global. 1986.
DICIONÁRIO Michaelis. 2016. Disponível em:
. Acesso em 14 de jun. de 2016.
MOISÉS, Massaud. A criação literária. 11. ed. São Paulo: Cultrix, s/d.
MUNNO, Anna di. Eça de Queirós e a narrativa breve: uma leitura do conto “No moinho”. In: MINÉ, Elza. CANIATO, Benilde Justo (org.). Encontro Internacional de Queirosianos. 3., São Paulo, 1995.
QUEIRÓS, Eça de. No Moinho. In:________. Contos. Disponível em: . Acesso em: 14 jun. 2016.

QUEIROZ, Eça. Obras. Porto: Lello & Irmão Editores, [19--].

30/06/2016

A CRIAÇÃO ( por Pollyanna Felberk Rocha)

Ele foi criado esculpido em mármore branco por Michelangelo, nasceu das águas junto à Vênus de Botticelli. Mas em seus olhos esverdeados foi capturado o brilho das estrelas. Melancolia. Solidão. Tinha aquela expressão de alguém que nascera para ser feliz, e sofria. Era puro, jovem. Inconstante. Seu sorriso quase não aparecia. Faltava algo. Talvez estivesse perdido por aqui. Talvez. Ele sempre foi meio termo. Nunca completo, metade. Planetas distantes transladavam ao seu redor em órbita elíptica. As pálpebras fechadas não o permitiam ver que era o centro do universo. Poderia ter sido cegado por seu próprio brilho alguma vez e por isso não enxergava mais a própria luz. Sentia-se apagado. Era sol. Estrelas. Lua. Astros. Era mar. Correnteza. Suas ondas iam e vinham, suas lágrimas salgadas misturavam-se em seu oceano de sentimentos. Um coração tão grande necessitara de ser arrancado do peito. Tinha cicatrizes, muitas. Olhando assim de longe, mais parecia um anjo. E ao cair trouxe em suas costas e outra terça parte das estrelas do céu. Anda sem rumo por não saber que caminho tomar. De pés descalços, já não aguenta mais correr. Deixe estar. Um dia vou em sua direção. Ele ainda chora em silêncio. Ele ainda sofre em silêncio. Não sabe descrever o que sente, porque sente muito. O peso é grande demais e cai constantemente. O seu azul é maior que o mundo. Verde, lilás, branco. Celeste. E divino. Tem aura de criança inocente. Tenta crescer, mas o amor o sufoca e não germina. Sente medo. Dor. Angústia. Sofre com a distância. Distância da felicidade. Mas é sereno e sorri. Ah, e aquele sorriso. Discretamente toma espaço onde quer que seja. Conquista. Doce demais para palavras tão amargas. Doce demais para tanto sal colocado em suas feridas. Ele sangra. Ainda hoje ele sangra. Tento transformar seu vermelho em cinza. Sua dor em satisfação. Ele está lá. Só. Mas estou aqui, com ele. Mesmo que ele não saiba. E eu o vejo com os pés plantados em grama verde e úmida de sereno. O peito nu tem temperatura de sol, mas é a lua que mostra sua face para ele. Os raios prateados banham sua pele alva. Tão alva. Ele fecha os olhos para sentir a carícia da brisa em seus cabelos. A natureza o ama, e eu também. Ele sorri, um sorriso terno. Um sorriso com a alma, sua alma tão bela. Talvez voltará para mim. Ou talvez esse seja apenas mais um começo. As estrelas saúdam sua presença. Ele é rei, astro e Estrela. Ele é Iluminado. Mas pode chamar de Lucas.

The Cat King (Written by Renata Bomfim/ Translated by Daniel Castro and Renato Silva)

To Elvis

And then he came
Slowly, the Cat King
His lover's glance
Diamond
Saying he had been bitten
By the same thing
That had killed Romeu,
Julius Caesar, Garibaldi and
Abelardo
To my chest he jumped at
As wild as a lion
His (blessed) claws
Slashed my flesh
Tore my fibers apart
Left scars on my lungs, heart
Now i'm his loyal subject
Always ready to please
His fluffiest wishes
I'm his human pet



Translated by Daniel Castro and Renato Silva

21/06/2016

Nuestra América é o mundo (poema Renata Bomfim)

"No hay odio de razas, porque no hay razas" (José Martí)
Puseram flores no busto de José Martí.
Dois vasos de crisântemos.
Protesto estudantil
Contra a tradição,
Contra os monumentos,
Contra...
Mas, se esqueceram,
Que o busto do poeta não era túmulo.

Recolhi as flores secas.

Quem foi Martí?
Não fazem ideia.
Houve guerra pela independência?
Independência?

Martí, fantasma da esperança,
Cantor de voz veludosa e de mãos ásperas.
Morreu enxergando a aura da liberdade.
Morreram ainda, Paulo Cesar Vinha,
Irmã Dorothy, Berta Cáceres,
Morreram defendendo a vida.
Pusemos flores nos seus túmulos?
Poremos uma pedras sobre as suas memórias?

Recolhi as flores secas.

Toquei com carinho o busto do poeta cubano.
Sussurrei em tom de oração:
¾ Teu túmulo está assentado no silencio de uma isleta.
Toquei com carinho o busto do poeta latino-americano.
¾ É, Marti, a vida anda dura por aqui,
A vida anda dura.
Vida dura, corações que se fecham
Para o sofrimento, a dor. O capital se tornou
O capitão do mundo:
Nau fadada a naufragar,
Estamos sujeitos ao afogamento, todos!

Fomos descobertos
Fazendo amor sob a palmeira.
Fomos descobertos
Nus, radiantes, sem pudores e nem vergonha.
Tínhamos a proteção de Tupã,
A Mata Atlântica intacta cobria de verde 
Os nossos sonhos, o Rio Doce serpenteava 
 Livre, livre pelas serras...

Tínhamos a proteção de Tupã.

A vida anda dura, poeta, há emboscadas.
Em cada esquina o impensável.
Duros, os corações dobram as esquinas,
Caem nas emboscadas.
Dobramos as esquinas
Como se pisássemos sobre o Nada. 

Eu odiava os crisântemos,
O cheiro de morte me nauseava.
Eu odiava a morte.
O tempo apaziguou esse meu dentro, já não odeio
Nem os crisântemos e nem a morte.
Mas, quero-os longe de mim!

Planto rosas, lírios, hortênsias rosa e lilases.
Planto abacateiros, mangueiras, goiabeiras,
jacarandás, laranjeiras.
Planto sementes de poesia para que o mundo
Não se torne busto adornado com crisântemos secos
Nem túmulo.
Planto árvores para por fim à dureza dos corações,
(do meu próprio)
Para que dobremos as esquinas conscientes
de que a terra é uma só:
Nuestra América é o mundo.



RB, Vitória, 21/06/2016

19/06/2016

"Venho armado de amor para trabalhar cantando na construção do amanhã" (Thiago de Melo)




Morte e Vida Severina, de João Cabral de Melo Neto (animação 3D)




Leitores e alunos de literatura, olhem que linda arte, realizada em Desenho Animado a partir da obra Morte e Vida Severina de João Cabral de Melo Neto. É uma versão audiovisual adaptada para os quadrinhos pelo cartunista Miguel Falcão. Preservando o texto original, a animação 3D dá vida e movimento aos personagens deste auto de natal pernambucano, publicado originalmente em 1956. Em preto e branco, fiel à aspereza do texto e aos traços dos quadrinhos, a animação narra a dura caminhada de Severino, um retirante nordestino, em busca de uma vida melhor.

14/06/2016

O Cronista segundo Carlos Drummond de Andrade (Entrevista)


"Hoje em dias as pessoas não se conhecem mais"
Carlos Drummond de Andrade

“Exaltación del Sol, poema en diez actos” Lectura crítica de Pedro Sevylla de Juana


El poema último de Renata Bomfim, destaca en primer lugar por la extensión. Consta de diez actos y varias partes bien diferenciadas que sirven a un mismo fin. Y en segundo lugar destaca por la intensidad expresiva. Intensidad luminosa irradiando luz sobre todo el poema. Una luz nacida y crecida del Sol, protagonista del Canto, un Sol que es Luz por encima de todo: brillo crujiente. “Exaltación del Sol” es, pues, un poema extenso e intenso; rio largo y profundo.
Más allá de la sensualidad evidente, en el poema, más allá del deseo, Renata Bomfim ha puesto pasión. “Nada grande se hizo, nunca, en el mundo sin pasión”: asegura Friedrich Hegel. Pasión que la poeta lleva más allá del área amorosa: Nuestros cuerpos serpentearon enroscados, inundando el territorio entero con su pasión por la vida: el origen de la célula duplicada, escindida. Pasión que lleva como componentes esenciales, la energía y la ilusión.
Participan los versos de lo Universal, Siento el mundo dentro de mí; llegando con suavidad a lo doméstico: corté la cebolla. Lógica y emoción persiguiéndose: La noche posee una razón desprovista de verdad, sirven, amalgamadas, a la desbordante imaginación de la autora, para trazar su pintura mural. Eso es también “Exaltación al Sol”, un mural colorido donde acuarela y oleo se unen al fresco cristalizado en la propia pared. El cuerpo, desajustado por las sensaciones gozadas, desmenuzado por los sueños, se pone al servicio de la mente lúcida para alcanzar lo inasible, asiéndolo. El presente viene del pasado buscando el huidizo futuro que la voluntad alcanza con esfuerzo. La mujer, hembra en toda su extensión, es la portadora del Sol, la encargada de llevarlo adelante, generación tras generación.
Obediencia y trasgresión: Usted, mi enamorado, que me prometía / En propiedad el Edén, / me obligaba a comer bistec de ángel. Soledad y compañía, llevan la conducta a lo humano, imagen de lo divino: plantar el Sol es mi mayor responsabilidad. El yo resurge con fuerza dentro del maremagno constante que le envuelve: Las sombras no permiten olvidar mi filiación. Luché por tener un nombre. El mito del amado, del macho amoroso, que protege y engendra el futuro en el interior de la hembra procreadora, ese mito antiguo goza de presencia constante: avancé por lugares distantes llamándote y llamándote.
Lo inanimado comportándose como animado: Oigo a los escombros gemir como si fuesen carne y sangre. Lo efímero y lo eterno, la dureza y la sensibilidad, el día y la noche, la realidad y el sueño, lo existente inexistente, ese ser no ser, junto a la mesa dispuesta para el banquete, se hacen metáforas abundantes, henchidas de belleza, en los versos de Renata Bomfim, poeta de los conceptos y las ideas visuales, de la dramatización de los principios que mueven al ser humano. Ha roto la poeta los diques que la frenaban y la valentía ha vencido al temor inundando los valles, irrigando vegas feraces con su amor a la Naturaleza, para que lo nuevo sustituya a lo antiguo. Estamos ante un poema rico y diverso, ante una selva de posibilidades creativas hechas realidad. Busco enlaces y similitudes entre este poema y lo que conozco de la poesía brasileña y los encuentro en la Hilda Hilst que traduje con gozo, más que en ningún otro poeta.

PSdeJ, El Escorial, madrugada del 14 de junio 2016